Historia silenciada de la mujer VIII: La mujer en la Edad Moderna III

  • Luces y sombras para la mujer en la nueva Europa de la Ilustración.

Desde las primeras décadas del siglo XVIII comenzaron a difundirse en los elitistas medios intelectuales de casi toda Europa un conjunto de ideas renovadoras conocidas con el nombre de Ilustración, término bien expresivo de las intenciones de sus protagonistas, que eran científicos, escritores, políticos y artistas que pretendían acabar con las supersticiones y el oscurantismo, y crear una sociedad más culta, próspera y justa. Esa novedosa ideología proponía en el plano político sustituir el sistema absolutista hasta entonces vigente por otro muy distinto, que posteriormente se denominó liberal, en el que los “ciudadanos” fuesen quienes decidieran sobre los asuntos que les afectaban, rompiendo así con la condición de “súbditos” (palabra que deriva del verbo latino “subdere”, someter) de un monarca que ejercía sobre ellos un poder casi omnímodo. O sea, aunque en el fondo ambos conceptos (“ciudadanos” y “súbditos”) se refieren a lo mismo, a los individuos habitantes de un determinado estado, existe un matiz importante que los diferencia: mientras el “ciudadano” posee unos derechos que las leyes y autoridades deben respetar y proteger, los “súbditos” eran una pertenencia o propiedad del rey, a quien estaban sometidos. Por cierto, el término “liberal” en su sentido político procede de la España de las Cortes de Cádiz (1810-14), cuando los diputados partidarios de limitar los poderes del monarca y aplicar el principio de “soberanía nacional” se dieron a sí mismos esa denominación. Más adelante pasó a otras lenguas.

El término “liberal” en su sentido político procede de la España de las Cortes de Cádiz (1810-14), cuando los diputados partidarios de limitar los poderes del monarca y aplicar el principio de “soberanía nacional” se dieron a sí mismos esa denominación

Sin duda ese cambio significó un gran salto adelante en la evolución política de la humanidad, aunque en los primeros tiempos se diera solo en la civilización europea u occidental. Pero –aquí viene la pregunta clave- ¿tales derechos se concebían como propios y exclusivos de los hombres varones o debían extenderse también a las mujeres? O, en otras palabras, cuando se habla de “libertad, igualdad y fraternidad” -el lema de la Revolución Francesa, que procede de las logias masónicas- ¿debe referirse a todos los miembros de la sociedad o solo a la mitad masculina? Pues es precisamente en esa época ilustrada cuando comienza ese debate que se prolonga casi hasta nuestros días. Pero, ¡ojo!, únicamente estamos indicando que la polémica –con unos pocos antecedentes- comenzó entonces, lo que no quiere decir que todos los pensadores ilustrados fueran “feministas”. Incluso el uso de ese término en aquel tiempo resulta un anacronismo.

Sorprende la opinión al respecto de un monje orensano, Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), por la modernidad del pensamiento que expuso en el Discurso XVI de su Teatro Crítico Universal, obra publicada en distintas fases entre 1726 y 1739 y que elocuentemente tituló Discurso en defensa de las mujeres. Dice el fraile benedictino: “Defender a todas las mujeres viene a ser lo mismo que ofender a casi todos los hombres (…). A tanto se ha extendido la opinión común en vilipendio de las mujeres, que apenas admite en ellas cosa buena. En lo moral las llena de defectos, y en lo físico de imperfecciones (…). Pero donde más fuerza hace es en la limitación de sus entendimientos. Por esta razón, después de defenderlas con alguna brevedad sobre otros capítulos, discurriré más largamente sobre su aptitud para todo género de ciencias y conocimientos sublimes”. Pienso que es sorprendente tal pensamiento por su doble condición de hombre y de clérigo. Y no solo eso. Feijoo es tal vez el más importante intelectual español de aquella época en su lucha a favor de la racionalidad, la ciencia y el progreso, en su afán por superar la superstición y la ignorancia tradicionales.

Fuera de nuestras fronteras un personaje clave en esa polémica fue la escritora inglesa Mary Wollstonecraft (1759-1797), cuya obra principal se titula Vindicación de los derechos de la mujer (1792). En ella defiende la tesis de que la diferencia entre hombres y mujeres se explica no por una supuesta inferioridad natural de éstas, sino porque tenían vedado el acceso a la cultura. Peor aún: la “educación” que recibían las mujeres desde muy niñas iba encaminada a la seducción masculina y a aceptar su condición inferior a la del varón, además de prepararla para las tareas “propias de su sexo”, es decir el cuidado del hogar familiar y la crianza de los hijos. Fue especialmente crítica hacia las desigualdades legales del matrimonio, que impedían a la mujer el derecho de propiedad y la convertían en una semiesclava de su marido. Hoy pocas personas en nuestra civilización occidental dudan de esta idea, pero por aquel tiempo continuaba siendo algo casi descabellado y excéntrico. La señora Wollstonecraft, por cierto, fue la madre de otra célebre escritora, Mary Shelley, creadora de una novela de ciencia ficción que se convirtió posteriormente en un mito de amplísimo recorrido literario y cinematográfico: Frankestein

Retrato de Mary Wollstonecraft (John Opie, 1797).

De ideas similares es otra escritora inglesa, Mary Chudleigh (1656-1710), una mujer muy instruida en Ciencias, Filosofía y Teología. Estamos ante una de esas escasas mujeres que tuvo el valor de rebelarse abiertamente contra la postergación que padecían. En sus obras publicadas (dos ensayos y un libro de poemas) centró sus críticas en la institución del matrimonio, como queda de manifiesto en la primera estrofa del poema titulado To the ladies (1701): 

Esposa y sierva son lo mismo, 

pues solo difieren en el nombre,

desde el momento en que queda atado

ese nudo fatal que nada ni nadie puede separar.

Un poco posterior es la época que vivió la parisina Émilie du Chatelet (1706-1749), que tuvo la suerte de que su padre –el aristócrata Barón de Breteuil- fuese de ideas tan avanzadas que procuró para ella la misma educación que para sus hermanos varones. Ya que Émilie no podía asistir a la Universidad, el barón contrató a los mejores preceptores para que en su palacio le diesen una formación lo más completa posible. Su inteligentísima hija aprovechó eficazmente esa oportunidad tan desusada para las jóvenes de su tiempo, y aprendió varios idiomas (latín, griego, inglés, italiano y alemán), amén de Astronomía, Música, Equitación, Gimnasia y otras disciplinas. Pero por lo que ha pasado a la Historia es principalmente por sus conocimientos y teorías de Física y Matemáticas, en las que defendió y divulgó los principios de Newton. 

A Olympe de Gouges le debemos la “Declaración de Derechos de la mujer y la ciudadana” de 1791, que constituye evidentemente una paráfrasis de la “Declaración de Derechos del hombre y del ciudadano”

Ya en plena Revolución Francesa destaca la figura de Olympe de Gouges (1748-1793), escritora y dramaturga a quien debemos la Declaración de Derechos de la mujer y la ciudadana de 1791, que constituye evidentemente una paráfrasis de la Declaración de Derechos del hombre y del ciudadano, redactada y aprobada en 1789 por los diputados (todos varones, por supuesto) que formaban la Asamblea Nacional, y que ignoraban por completo a la otra mitad de la población, la parte femenina. Ni se molestaron en explicitar que los derechos que habían aprobado se referían en exclusiva a los de su sexo. No hacía falta ninguna, lo cual resulta elocuente. Pero, volviendo a la Declaración de Olympe de Gouges, en ese documento se defendía la igualdad jurídica entre el hombre y la mujer (artículo 1: “La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos”). También es muy destacable el artículo 4, que indica que “(…) el ejercicio de los derechos naturales de la mujer solo tiene por límites la tiranía perpetua que el hombre le opone; estos límites deben ser corregidos por las leyes de la naturaleza y la razón”. Éstas son palabras mayores, que exponen negro sobre blanco la realidad de la situación de la mujer desde los tiempos más remotos. ¿Qué efectos prácticos tuvo esa Declaración? Muy pocos –por no decir ninguno- y, además, esos pocos no se incorporaron a la legislación francesa hasta mucho tiempo después. Se deduce que los diputados, incluso los más revolucionarios y radicales, no estaban por la labor de hacer una legislación igualitaria. En cuanto a la artífice del documento, Olympe de Gouges, además de defender ideas tan avanzadas como la abolición del matrimonio (que sería sustituido por una especie de contrato anual renovable basado en la plena igualdad jurídica y económica de ambos esposos) y de la esclavitud de los negros (cuyo comercio constituía un negocio millonario para algunos de sus compatriotas), se opuso a la política de terror practicada por los jacobinos, por lo que ella misma fue acusada de traidora, condenada por un tribunal popular (que en su sentencia dictaminó que “había olvidado las virtudes propias de su sexo”, nada menos) y ejecutada en la guillotina (3 de noviembre de 1793). Con ella se cumplió así esa antigua norma no escrita según la cual las revoluciones devoran a sus hijos. E hijas, habría que añadir en este caso. Pero, volviendo a la Declaración de Derechos de la Mujer y la Ciudadana, concluye con el siguiente Epílogo: “(…) ¡Mujeres! ¿Cuándo dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la revolución? Un desprecio más marcado, un desdén más visible. (…) Cualesquiera sean los obstáculos que os opongan, podéis superarlos; os basta con desearlo.” Es imposible encontrar palabras que expongan con mayor claridad y contundencia la realidad de aquellos tiempos convulsos.

Olympe de Gouges y primera página de la Declaración de derechos de la mujer y la ciudadana

Sin embargo las opiniones de las personas citadas (Feijoo, Wollstonecraft, Chudleigh, Chatelet o Gouges) contrastaban con el sentimiento general de la población, para quien la inferioridad de la mujer respecto al hombre era algo natural, una especie de axioma que no necesitaba demostración. Incluso en hombres de extraordinaria relevancia intelectual en este siglo encontramos la concepción peyorativa tradicional sobre la mujer. Es el caso del que quizá haya sido el más importante compositor de todos los tiempos, Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). En una obra extraordinaria que se estrenó poco antes de su muerte en 1791, la ópera Die Zauberflote (La flauta mágica), se refleja una constante misoginia, como se pone de relieve en esta afirmación del personaje de Sarastro: “sin un hombre, una mujer tiende a salirse de sus límites naturales”. O también cuando al poco de comenzar el segundo acto, los sacerdotes del Templo de la Sabiduría hacen la siguiente advertencia a dos de los protagonistas varones (Tamino y Papageno): “Cuidaos de la astucia femenina. Éste es el primer precepto de la alianza. Hombres sabios se dejaron cautivar, cometieron faltas y se equivocaron”. Y eso que tanto Mozart como el autor del libreto, Schikaneder, tenían una mentalidad mucho más abierta que la gran mayoría de las personas corrientes de su tiempo, dada su ideología ilustrada y afiliación a la Masonería.

Y lo mismo podemos decir del filósofo ilustrado por excelencia, el ginebrino Jean Jacques Rousseau (1712-1778), uno de los más destacados “padres” del liberalismo y de la igualdad entre los hombres, pese a lo cual afirmaba cosas como esta: “Toda la educación de las mujeres debe estar relacionada con los hombres, para complacerlos, resultarles de utilidad, criarlos cuando son pequeños y cuidarlos en la vejez, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida placentera y agradable; esas han sido las funciones de las mujeres desde el principio de los tiempos” (en Emilio o de la educación, 1762). Otra “perla” de Rousseau, extraída de la Carta a D´Alembert sobre los espectáculos (1758): A las mujeres, en general, ni les gusta ni aprecian el arte, y no tienen ningún talento”. Aunque hoy nos parezca escandalosa esa reflexión, en ella Rousseau no hacía más que exponer lo que opinaban la mayoría de sus contemporáneos.

Pero no todos. Algunos intelectuales revolucionarios franceses tenían una opinión bien distinta al respecto, como el Marqués de Condorcet (1743-1794), que en un escrito de 1790 titulado Sobre la admisión de las mujeres en el derecho de ciudadanía, defendió valientemente la plena igualdad jurídica de ambos sexos. E igual habían hecho otros personajes clave de la Ilustración francesa, como Voltaire (1694-1778) o Diderot (1713-1784). 

En fin. Cuando acaba el siglo XVIII la polémica apenas se había iniciado. Como veremos en el siguiente capítulo, en el siglo XIX ese debate continuaría in crescendo sin que en la práctica las mujeres consiguieran avances destacables en cuanto a la equiparación de derechos, ascenso político y consideración social.


Imagen de portada: Women’s March on Versailles, 5 de octubre de 1789 (Biblioteca Nacional de Francia)