Así habló Tarquinio: Diciembre y el Caminito del Falla

  • Rubén Herrera es un nostálgico. Desde los desiertos arábicos, ya respira el Carnaval, esa extensión de Cádiz. 

Llega diciembre en unas semanas y, como quien arropa un resfriado, empieza el carnavalero a escuchar más -si esto ya fuera posible- coplas al ritmo del 3×4. Tres por cuatro que son doce, decía aquella comparsa que nos cosquilleaba con su presentación: los doce meses que pasamos carnavaleando. E incluso, si me lo permiten, sumo a carnavalear el verbo gaditanear, como dijera Don Antonio Martín.

Este año Juan Carlos Aragón, otra vez, no va a sacar su comparsa. Compare, al menos no te la lleves esta vez a Sevilla. Por otro lado, Manolito Santander, eternamente, estará cantando en las galerías del Carranza nuestro amarillo maldito, consiguiendo el respeto de toa España por esos colores. Además, con más honor que nunca al frente de la tabla, con el orgullo de ser campeones aunque no ganemos nada.

El Teatro les cantará cada día, a pleno pulmón exhortará el Gallinero que no se seque la yerbabuena y qué bonito está mi Cádiz, que se tire el Carapapa y que sople el Levante, pero sólo un poquito, mientras se recorren las callejuelas, mientras se bebe el fino de Chiclana, en la semana más santa de la vieja Gades, en la semana del colorete y del martillo, en el Caminito del Falla.

Desde el Río de la Plata hasta Cádiz Norte, no hubo rincón más humano en el que cantando se fueran las penas, en el que las cosas se decían como y cuando había que decirlas, en el que a ETA, tras amenaza de atentado, se le encomendó que se comiera, metáfora poco sutil mediante, un carajo de la Caleta, en el que cuando sube el telón, digan lo que digan las urnas -si las hubiera- sigue existiendo la Libertad.