Fenomenología de la retirada. Un pequeño ensayo sobre la huida.

  • ¿Hay espacio para los ascetas y ermitaños? Para Pablo Rey, en una época hiperconectada, la ciudad ha conseguido otorgar una inesperada soledad. 

La gravedad no es la única fuerza que aprieta al hombre y decide su movimiento, hay muchas otras. El amor es un claro ejemplo; éste tira de nosotros decidiendo nuestras acciones, el lugar de residencia, la parte de la ciudad o el pueblo al que acudiremos en las próximas horas. Mientras que la gravedad suele tirar en vertical, otras nos fuerzan a la horizontalidad, pero por lo demás se parecen bastante. También el odio es una fuerza; de repulsión esta vez. La gravedad y el amor deciden hacia dónde debemos movernos. El odio nos aleja de un punto, no importa en qué dirección, siempre que cumpla el requisito de ser más lejos. Hay otra fuerza que ha movido a muchas personas a lo largo de nuestra existencia. La fuerza de la huida

Hay otra fuerza que ha movido a muchas personas a lo largo de nuestra existencia. La fuerza de la huida.

Todas las fuerzas, en cuanto afectan a los seres humanos, provocan dos respuestas: aceptación o rechazo. Normalmente aceptamos la gravedad como un acuerdo tácito en el que no hemos tomado parte. Como la familia. Cuando nos lanzamos en paracaídas y podemos disfrutar la experiencia -no es mi caso, un ejemplar con un vértigo atroz- nos alegramos de que exista. Pero si nos caemos, la maldecimos. El amor también puede ser aceptado, en cuyo caso nos dejamos llevar por su movimiento como por un suave oleaje en el mar, o rechazado, negándonos a sucumbir a las órdenes de la fuerza, aunque ésta permanezca tirando de nosotros. Con la huida pasa igual. Hay quien desea huir y se aleja de las personas, de los oficios y de las ciudades, y hay quien sufre sus llamadas y sus lanceos. A los primeros los llamamos ermitaños, a los segundos locos. Es la diferencia entre Kleist y Gautama Buda. Entre Nietzsche y Emily Dickinson. Entre Hölderlin y Kamo no Chomei. Los tres primeros llamados locos; hijos del mal, descritos magistralmente por Stefan Zweig en su La lucha contra el demonio. Los otros tres son ejemplos de ermitaños que aceptaron la fuerza de su huida y la utilizaron para buscar la verdad en ella, lejos de los mundanales ruidos de mercados, marujeos y peleas.

Nietzsche en el manicomio de Jena, 1899. Aula de Filosofía

Ya hemos visto, pues, dos modos de relacionarse con la retirada. Una de ellas es perversa y compulsiva. Zweig llama Demonio a esa fuerza que empuja a algunas personas fuera de su calma, de su centro, a vivir en la periferia. Esa fuerza es demoníaca en cuanto no se puede controlar. El que siente dentro de sí la necesidad de huir de todo lugar sin encontrar calma en un sólo sitio, el que siente la inquietud constante, el rechazo a lo que le rodea, ya sea en sociedad o en la montaña, tiene probablemente una patología. La huida le sobreviene de no soportar el presente, de no querer vivir en el mundo, pero no parece encontrar nada fuera de él. Podemos llamarla una fuerza negativa, ya que surge del rechazo. Del odio. No existe calma, por tanto, para el hombre que se bate en retirada constantemente, pues vive en una guerra. 

El ermitaño, en contraposición, siente la llamada a retirada como una fuerza divina que le llama a la verdad. El ermitaño cree que la vida en sociedad es necia y sucia, y sólo en la calma de la soledad, en conversación con uno mismo y el mundo, puede lograr un estado de paz profundo y duradero. Puede que le motive cierto rencor. Hojoki, o en castellano Pensamientos desde mi cabaña, el libro del poeta y ermitaño japonés Kamo no Chomei, comienza disertando sobre los inconvenientes de vivir en la ciudad. Antes incluso del elogio de la naturaleza o de la vida marginal, nos habla de los sufrimientos de los hombres. Pero en este caso el rencor funciona como detonante, no como motor principal de la vida en la montaña. El que se retira no se mantiene odiando el mundo, el presente, o a sí mismo. Olvida ese odio. Lo relega a un segundo plano, pues lo que busca es la paz de la naturaleza, la magia de la montaña, el diálogo consigo mismo. En este caso, la vida mundanal supone un impedimento -cree el ermitaño- para desarrollar su vida espiritual. Como cuando Jean Genet decía que no podía limpiar con sus manos porque eran de escritor. Es difícil esclarecer cuál es el origen del impulso en este caso, pero sin duda su fuerza gravita hacia lo elevado. Podemos llamar  a la huida del ermitaño una fuerza positiva.

La opción de hacerse un ermitaño ha quedado invalidada en nuestro tiempo o, cuanto menos, irritantemente dificultada.

Sea como sea, de forma negativa o positiva, la huida agita a menudo los corazones de los seres humanos. Sin embargo recluirse en una montaña, una granja o una celda, práctica común durante casi toda la historia de la humanidad, al menos desde la antiguedad hasta el siglo pasado, resulta hoy casi una anécdota. Pocos son los casos de retiros, pues el mundo ha sido industrializado en un porcentaje tal que la vida depende constantemente de los ofrecimientos de las ciudades. Es irónico que en la era del tercer entorno estemos más apegados a las ciudades que nunca. Hay excepciones, por supuesto. Los ricos pueden comprarse un terreno en cualquier parte y dedicarse a sus meditaciones. Pero la historia de la retirada está a menudo ligada a la pobreza y ascetismo, pues a no ser que un asceta nazca en alta cuna y heredero de riquezas -lo cual es perfectamente posible- suelen estar más preocupados por la paz o la verdad que por el dinero, lo que suele hacerles pobres. Eso sin contar la usual renuncia a los bienes materiales. En estos casos, antiguamente, bastaba con alejarse un poco de los poblados para construirse una choza y alimentarse de la naturaleza. La inmersión era completa. Los terrenos no estaban delimitados legalmente en su totalidad, y a excepción de los bandidos, no había personas que perturbaran tu existencia. Hoy en día en cambio habría cantidad de problemas si alguien se retirara. En primer lugar, la mayor parte de las zonas de, lo que podríamos llamar, el primer mundo, están construidas, que es lo mismo que decir que la naturaleza está destruida. Las zonas ricas en naturaleza están delimitadas y se consideran parques naturales, propiedad del estado. Y construirse una casa con 20 tablones y unos bambúes es, básicamente, ilegal. Lo que sostengo es, en otras palabras, que la opción de hacerse un ermitaño ha quedado invalidada en nuestro tiempo o, cuanto menos, irritantemente dificultada. Es por ello que el hombre moderno -quiero decir, contemporáneo- debe buscar otras vías para tratar de despegarse el velo de maya. Otras montañas.

Vista aérea de la Ciudad de México. ¿Hay espacio para la soledad? Santiago Arau, BBC.

La verdad es que muchos de los motivos que daba Kamo no Chomei en su Pensamientos desde mi cabaña para elegir la vida lejos de la sociedad se han solventado hoy en la ciudad moderna. Las arremetidas de la naturaleza -incendios, tormentas, terremotos, ventiscas- están en general controladas por distintos sistemas como los bomberos, la arquitectura moderna, los avisos meteorológicos, etc. Las batallas o guerras se han reducido en general a estados en crisis o a situaciones concretas y especializadas -recordemos que a día de hoy, en la mayoría de países occidentales, el pueblo no está militarizado-. El anonimato, algo preciado para Chomei, es hoy en día algo común. Se queja en su libro de la comparación de los vecinos y las habladurías, las vergüenzas de pertenecer a una clase baja al lado de una familia de clase alta, de las envidias y las traiciones. No es que no existan esas cosas hoy en día, pero no son tan relevantes. El clasismo se reduce a una cuestión de prejuicio, a una determinada situación familiar o laboral. Por supuesto hay nuevos problemas y nuevas situaciones que no existían antes, cuestiones que implican el sustento económico base o cuestiones de identidad, pero en la ciudad hay, en general, respeto a la intimidad y al anonimato de cada uno. Podemos sufrir una situación en el trabajo y no saludarnos con el vecino del bloque. Es decir, que para sentirnos solos ya no necesitamos huir de la ciudad. Es por todo esto que tal vez ya no sea necesario irse a la montaña o a la vera de un río para buscarse a uno mismo, y pueda convertirse tan elevada labor en algo cotidiano, de andar por casa. Buscarse en pijama y con las zapatillas puestas. 

La cuestión es que la forma de vida en la ciudad actual ha facilitado la búsqueda de uno mismo, de la paz, de la autorealización o como quiera llamarse, en medio de todo este ruido de coches y circuitos integrados.

Quiero comentar brevemente dos casos emblemáticos de retirada en la ciudad moderna, ambos coetáneos. Uno es el de Man, el ermitaño alemán de La Coruña, y otro el Hikikomori. Man logró ser un ermitaño en un mundo industrializado, viviendo en Camariñas, un poblado de la Costa da morte, alimentándose de la naturaleza, pequeñas donaciones y la venta de figuritas y pinturitas que lograba hacer a los locales o turistas. De lo mismo vivía Chomei, de los árboles y la caridad. El estilo de vida de ambos tiene muchas cosas en común, a pesar de los miles de kilómetros y de años. El otro caso, el de los Hikikomori, supone un modo de reclusión moderno, en este caso en la propia vivienda. Ante la incapacidad de huir del entorno, existe la conducta en japón de encerrarse en una habitación para no salir jamás. La era de internet y los servicios online ha facilitado de tal modo ese estilo de vida que pueden ganar y gastar dinero sin salir de la habitación, sin ver siquiera a sus parientes cercanos, sus padres o sus parejas. Ambos son casos extraños. Un anacoreta y un recluso. Los dos son casos muy interesantes, pero hay otra forma de irse a la montaña en plena ciudad, en el siglo xxi, el siglo de la tecnología.

Una de las esculturas de Man en Camelle. El Mundo.

Volverse hacia dentro. Es lo que buscan los ermitaños; la paz interna, el contacto con el mundo a través del silencio y la soledad, la meditación; estar en su propio centro. Estar en uno mismo, ser uno mismo, es uno de los principales mantras de la autorealización desde la antigüedad, ya sea en la India o en Grecia. La forma de buscarse popularizada por los ascetas es la de abandonar la vida mundanal y, para ello, requerían de salir de la ciudad, pues los entramados sociales, las habladurías, los dolores, impedían el desarrollo de la interioridad. La vía media de Buda ya contemplaba la innecesidad del ascetismo extremo. Dicho de otro modo, no es realmente necesario abandonar la vida en sociedad para entrar en la montaña, por mucho que fuera común antiguamente. La cuestión es que la forma de vida en la ciudad actual ha facilitado la búsqueda de uno mismo, de la paz, de la autorealización o como quiera llamarse, en medio de todo este ruido de coches y circuitos integrados. La vida en la ciudad ha abierto el espacio suficiente como para buscar, como para respirar. La cuestión de la soledad es un problema para el que, no deseándola, se la encuentra. Como al que destierran de la ciudad y se ve condenado al ostracismo. Pero el que desea alejarse de lo mundano encuentra en ese espacio y esa soledad semi-obligada salida a sus necesidades, cambiando sus creencias y percatándose de que, aunque sienta la fuerza de la huida dentro de sí, no necesita romper con todo para poder comer de sus frutos.

De esta forma han evolucionado las dos maneras de reaccionar a la necesidad imperiosa de retiro en las sociedades contemporáneas; por un lado, el encierro en el propio hogar, el rechazo radical del mundo, que supone la manera patológica de huir -hacia ningún sitio, sin fin-. La otra manera, la positiva, ya no requiere necesariamente de la huida física para practicar el desapego a lo material. Tal vez puedan haber convertido los ascetas del siglo xxi la desventaja de la ciudad, el empleo y los entramados sociales en una ventaja, pues el que se adapta a una circunstancia compleja aprende nuevas maneras -a menudo más eficaces- de cumplir sus necesidades. 


Fotografía de portada: Manfred Gnädinger, el ermitaño de A Coruña. Man de Camelle.