Así habló Tarquinio: La ambición desproporcionada

  • Rubén Herrera habla de retiradas y naufragios. ¿Nos querrá decir algo? De Pirro a Jorge Lorenzo, el sarcasmo se desborda en estas líneas.

La retirada siempre es compleja. Recuerdo con nerviosismo la banda sonora de la última dirigida por Christopher Nolan. Cómo los británicos se retiraban, huyendo del fuego esvástico y recordando a Pirro que algunas derrotas bien pueden convertirse en victorias. La victoria pírrica, tan mal entonada por nuestros contemporáneos, también puede invertirse y contemplar ese matiz de hastalueguismo.

Hace un par de semanas, previo al Gran Premio de Valencia de MotoGP, Jorge Lorenzo anunciaba su retirada. 68 victorias en los GGPP, 152 pódiums, 69 poles, 37 vueltas rápidas y cinco títulos mundiales, tres de ellos en la categoría reina, en la de los grandes. Un año después de que, en argot motero, colgase el mono Dani Pedrosa. Y un año antes de que haga lo propio, si no suben la edad de jubilación, Valentino Rossi.

Más fácil lo tuvieron tipos como Casey Stoner, que se retiró paseando el dorsal uno por todo el calendario. O Troy Bayliss, que dijo adiós -años después volvería, pero ese es otro cantar, Mío Cid– coronándose por tercera vez campeón del World Superbike. Agridulce, cambiando de deporte, fue la de Zinedine Zidane, que no levantó la Copa, pero pudo pelear, a cabezazos se ha dicho, por hacerlo. Quién pudiera jugar su último partido de fútbol bajo esas condiciones.

La retirada siempre es compleja. En el deporte se multiplica la intensidad por el simple hecho del factor pasional que entra en juego. Sin embargo, se puede ampliar a otros ámbitos. A veces, además, una retirada te lleva a mejores condiciones. A ti y a tus alrededores. Mira Dunkerque. O mira mira a ese otro ciudadano que, como Jorge Lorenzo, iba vestido de blanco y naranja, también contento de bajarse del barco que condujo directamente al naufragio.