David Lynch: indignación, contradicciones y reconocimiento de un admirador

  • Aunque le tenga más amor que odio, no son pocas veces las que me ha desquiciado también.

David Lynch ha sido galardonado con el Óscar honorífico por toda su carrera cinematográfica. Este tipo de reconocimientos tan tardíos son siempre acogidos con ambigüedad por parte de los seguidores de quien lo recibe. Por un lado, con cierta indiferencia, porque no necesariamente los más grandes necesitan de galardones en forma de premios para ser recordados. Es algo que se podría aplicar a casi cualquier disciplina, en las que hay veces que se recuerda más al vencido que al vencedor. Por otra parte, con alegría, por considerarlo como un buen gesto hacia alguien que, normalmente, suele estar ya en la recta final de su carrera. El “más vale tarde que nunca”. Es lo que parece ser la realidad de Lynch, que aunque sigue inmerso en proyectos como cortos e incluso tiene carrera musical, pinta cuadros, realiza fotografías y hasta fabrica muebles (Laura Dern lo definió como un “hombre moderno del renacimiento”), lleva desde 2006 sin estrenar un largometraje.

Si hay algo en lo que parece que confluyen todas las conversaciones sobre David Lynch parece ser que es en la indignación

Desde que estrenara Inland Empire hace ya trece años, lo más destacado que ha dirigido (además de inicio a fin) ha sido la tercera temporada de Twin Peaks estrenada hace dos, que más que cerrar la serie, tras un parón de veinticinco años, creó más interrogantes (sí, más si cabe) que respuestas tras un extrañísimo último capítulo. Yo siempre he defendido que si hubiese acabado con el penúltimo habría sido un final perfecto, pero parece que se me olvidó que la mente tras lo que estaba viendo era la de David Lynch y que no me iba a poner tan fáciles las cosas.

El mítico agente Cooper de Twin Peaks.

Si hay algo en lo que parece que confluyen todas las conversaciones sobre David Lynch, tanto de admiradores como de detractores, parece ser que es en la indignación. Sus devotos se quejan porque ha sido ninguneado hasta por sus trabajos más accesibles como El Hombre Elefante o Una Historia Verdadera (más claro no podía decir que no era algo fruto de su enrevesada imaginación). Y por otra parte, están los que se quejan de algo que es obvio: de su rareza, siendo la etiqueta de lyncheano algo que le ha acompañado y hasta, se podría decir, que perseguido desde Eraserhead. Una cosa es no entender a alguien, otra ya muy exagerada es ni intentarlo y decir que no te gusta porque es raro sin haberle llegado a dar una oportunidad.

Es muy habitual encontrarse varios títulos del director siempre entre aquellos que son considerados como los más extraños o difíciles de entender que se han hecho, siendo el ejemplo por excelencia Mulholland Drive, un verdadero rompecabezas y una auténtica horma en el zapato para muchos que se ponen delante de ella. Es considerada para medios como la prestigiosa BBC la mejor película de este siglo y para otros algo infumable. David Lynch es un director que siempre ha levantado ampollas con todo lo que ha hecho, pareciendo casi imposible tener una visión objetiva de lo que hace. Quizás sea tan difícil porque hace un cine cargado de subjetividad, pero parece que o lo amas o lo odias. Encontrarle un punto medio de amor-odio parece presentarse complicado cuando con otros cineastas suele haber, al menos, una película que no guste tanto personalmente por muy admirado que sea y por muy alto que lo tengas en tu pedestal particular (me pasa con Scorsese, con Haneke o con Godard, por ejemplo).

Mulholland Drive, su obra maestra.

En mi caso, repasando casi todo lo anterior que he dicho, podría parecer que soy bastante acérrimo del cineasta, pero no es del todo así. Aunque le tenga más amor que odio, no son pocas veces las que me ha desquiciado también, pareciendo que tengo yo mismo más contradicciones que el propio director para aclararme, pero sabiendo que en el fondo le admiro bastante por su original estilo y el significado que tienen los sueños en su obra.

La tercera temporada de Twin Peaks era algo que de partida parecía innecesario. Lo de las secuelas tantísimos años después es algo que no suele salir muy bien. No obstante, conforme pasaban los capítulos me iba gustando hasta que llegué al final, que ya casi ni recuerdo de lo confuso que me pareció. Espero que no fuese para continuar con una cuarta dentro de unos años. Creo que el final de la serie original, la de los 90, era perfecto (y eso que también era muy raro, por si pareciera que el de su tardía secuela no me gustara por ello), tenía su esencia noventera y una de esas imágenes impactantes que jamás se te borran de la retina, la cual no acompaño a esto de ella porque es una serie que hay que ver y un spoiler así te la puede destrozar (sigo sin verme Los Soprano porque me sé el final, así que imaginad como me tomo estas cosas). Eso sí, algo que le agradezco a la tercera temporada es que me hizo apreciar más la película precuela de los últimos días de Laura Palmer, ya que era de vital importancia para entender bien su desarrollo.

Dune, Inland Empire y Corazón Salvaje no las he visto. Por lo raro que puede parecer el planteamiento, por la duración o porque sale Nicolas Cage.

Soy un gran defensor de considerar Mulholland Drive como una de las grandes películas de este siglo y del cine moderno en general. Es rarísima, pero se pueden llegar a sacar conclusiones con atención a pequeños detalles y reconstruyendo su hilo narrativo. Hay que alabar su espléndida dirección y originalidad. No obstante, Carretera Perdida, que a priori es más comprensible que la anterior, no la pillé la primera vez que la vi y me llevé un buen rato leyendo explicaciones de todos lados en las que la gente se ponía menos de acuerdo que yo. Salí con admiración con el primer experimento; realmente confundido con una fórmula muy parecida. No sé hasta qué punto lo de Mulholland Drive fue un milagro, un golpe de suerte, o que David Lynch realmente sí era un director hecho para mí, por su fascinación por el surrealismo y lo onírico, y que lo de Carretera Perdida me pilló en un mal día, despistado.

Y el resto de películas, más normales dentro de su ineludible rareza, me han provocado siempre una sensación de satisfacción al verlas ya que además plantean ciertos debates morales interesantes. Desde la kafkiana Eraserhead a la bonita historia de vejez y hermandad de Una historia verdadera, pasando por las perversiones de Terciopelo Azul, y, como no, por la legendaria El hombre elefante, quizás el largometraje con el que cualquiera puede disfrutar de Lynch sin prejuicios. Es rara pero real. Tiene el sello del estilo del director en el guion que modifica ciertos aspectos de la biografía de Joseph Merrick, y además deja huella en la dirección. Quizás sea ese punto medio del que partir a la hora de hablar siempre del norteamericano.

Anthony Hopkins y John Hurt en El hombre elefante.

No me he dejado en el tintero las tres películas que me faltan por comentar por casualidad. Dune, Inland Empire y Corazón Salvaje no las he visto (aun). Yo mismo me contradigo por tener cierto prejuicio con ellas. Por lo raro que puede parecer el planteamiento, por la duración o porque sale Nicolas Cage. No lo sé, he acabado siendo más contradictorio en este artículo de lo que es la propia opinión general sobre Lynch y él mismo en ocasiones en sus películas más raras. Quizás sea empatía con el propio autor, pero ya estoy lo suficientemente dentro de su mundo para tomar diversos caminos dentro de una filmografía que todo el mundo debería explorar para sacar sus propias conclusiones. Lo que es seguro, es que este último párrafo me sirve como toque de atención, un post-it para recordar las que me faltan por ver. Pero bueno, al César lo que es del César. Felicidades por el reconocimiento a tu espléndida carrera, David.


Fotografía de portada, primer plano de David Lynch. Fuente.