Historia silenciada de la mujer IX. La mujer en la edad contemporánea.

  • Pese a los principios de libertad e igualdad inherentes a la filosofía de la Ilustración, durante esta última centuria continuó la postergación de la mujer en todos los ámbitos de la vida.

Los lectores que hasta ahora han tenido la amabilidad y la paciencia de seguir los capítulos anteriores de esta serie dedicada a la situación de la mujer a lo largo de la Historia en nuestra civilización habrán observado dos constantes: una, la más obvia, es que siempre, absolutamente siempre, ha estado discriminada por el varón. Pero, la segunda, también es cierto que en todas las épocas ha habido personas, y no solo del sexo femenino, que han denunciado esa realidad, la cual se ha mantenido durante la Edad Contemporánea hasta hace unas pocas décadas. Y, como veremos en el próximo –y último- capítulo, tampoco podemos afirmar que en la actualidad haya desaparecido por completo.

En la Constitución de 1812 se mencionan algunos derechos reconocidos “a los Españoles”,pero ¿cómo debe interpretarse ese gentilicio?

Pese a los principios de libertad e igualdad inherentes a la filosofía de la Ilustración, que constituye la base ideológica de las revoluciones liberales iniciadas a fines del siglo XVIII y propagadas en las primeras décadas del XIX, durante esta última centuria continuó la postergación de la mujer en todos los ámbitos, incluido el jurídico, como vamos a comprobar a través de algunas leyes.

Así se aprecia en las elaboradas por las Cortes de Cádiz (1810-14), etapa que constituye la protohistoria del liberalismo español. En la Constitución de 1812 se mencionan algunos derechos reconocidos “a los Españoles” (expresión escrita siempre en mayúscula en el texto original), pero ¿cómo debe interpretarse ese gentilicio? ¿Se refiere al conjunto de la población española o únicamente a los varones? Fue en la sesión del 15 de septiembre de 1811 cuando los señores diputados abordaron ese asunto en la tramitación parlamentaria, llegándose a la solemne y unánime conclusión de que “pues aunque en unas y otros, las mujeres, los menores de edad, los criados, etcétera, no sean ciudadanos, unos llegan a serlo con el tiempo, y todos pertenecen a la familia ciudadana”. El resultado de tan sesudo diagnóstico es el artículo 5: “Son Españoles todos los Hombres libres nacidos y avencindados en los dominios de las Españas, y los hijos de estos (…)”. Solo existe en el mítico texto constitucional (popularmente conocido como “la Pepa”) una alusión directa a las mujeres, en el artículo 20, en el que se indica que “para que el Extrangero (sic) pueda obtener de las Cortes esta carta (se refiere a la ciudadanía), deberá estar casado con Española (…)”, entre otros requisitos.

Retrato de familia burguesa del siglo XIX. Diario Democracia

Mayor interés suscitaron los debates que se produjeron durante el periodo conocido como Trienio Liberal (1820-23). Particularmente nos interesa una propuesta del diputado señor Rovira (adscrito al sector de los exaltados, posteriormente denominados progresistas) para que se permitiera a las mujeres la asistencia a los debates de las Cortes con el siguiente argumento-pregunta: “¿Por qué nosotros hemos de privar a las mujeres, que están tan obligadas como los hombres á (sic) obedecer las leyes, ya que por conveniencia les hemos quitado los derechos de ciudadanía (…)? ¿Por qué las hemos de privar de asistir a las sesiones?”. Entre quienes se oponían a la moción destacó la intervención del señor don Vicente Sancho (del grupo moderado, más tarde llamado conservador), que hizo constar que “las mujeres deben criar y cuidar bien a sus hijos, y no abandonar sus ocupaciones domésticas. (…) Son los hombres los que deben influir en las ideas y educación de los niños, porque los hombres solos son los que deben entender en los negocios públicos”. Resultado del luminoso debate: la propuesta fue rechazada por 85 votos contrarios y 57 a favor. Y no olvidemos que lo que se debatía era un asunto menor (permitir la asistencia de mujeres a las sesiones de las Cortes). Para que se tratara sobre una cuestión de mucha mayor enjundia, la del derecho de la mujer al voto, habrá que esperar más de un siglo.

Ya fuera de lo meramente anecdótico de la situación anterior, debemos concluir que en aquel tiempo en la sociedad española continuaba la radical división entre dos mundos diferentes: por un lado, el familiar o doméstico, en el que pervivían las costumbres y tradiciones. Ese era el dominio de la mujer. El otro ámbito, el masculino, es el de lo público, el del poder político, económico y social. Romper ese ancestral y desigual reparto de tareas entre sexos se presentaba como algo antinatural y peligroso.

Portada del Código Penal de 1870

Dejamos pasar algunas décadas y nos centramos en otro momento histórico de gran confrontación política: el Sexenio Democrático o Revolucionario (1868-74), durante el cual fue elaborado por las Cortes Constituyentes un nuevo Código Penal (18 de junio de 1870), del cual extraemos un par de artículos reveladores, no sin antes advertir de que están copiados tal cual de la Gaceta de Madrid (antecedente del actual Boletín Oficial del Estado) del 31 de agosto del mismo año y que entonces –hace siglo y medio- las reglas ortográficas no eran las nuestras actuales. El primero de ellos es el 438:

 “Art. 438. El marido que sorprendiendo en adulterio á su mujer matare en el acto á esta ó al adúltero, ó les causare alguna de las lesiones graves, será castigado con la pena de destierro. Si les causare lesiones de otra clase quedará exento de pena. Estas reglas son aplicables en iguales circunstancias á los padres respecto de sus hijas menores de 23 años y sus corruptores mientras aquellas vivieren en la casa paterna.”

Es revelador que continúe en fecha tan avanzada la práctica impunidad del varón que asesina a la esposa adúltera (o a sus hijas) o a los amantes de estas, puesto que la pena de destierro era casi testimonial. O sea, la ley anteponía el derecho al honor del varón por encima del de la mujer a la vida (uxoricidio honoris causa). Lo mismo que en los tiempos antiguos o medievales. También es fiel reflejo de la mentalidad misógina de la época este otro artículo, el 448, del mismo texto legal: 

“Art. 448. El adulterio será castigado con la pena de prisión correccional en sus grados medio y máximo. Cometen adulterio la mujer casada que yace con varón que no sea su marido y el que yace con ella, sabiendo que es casada, aunque después se declare nulo el matrimonio. (…)”

¿Y qué preveía la misma ley cuando era el hombre quien “yacía” con alguien que no era su legítima esposa? Nada en absoluto, a no ser que “mantuviera manceba dentro de casa conyugal o fuera de ella con escándalo”, en cuyo caso podía ser castigado con la pena de prisión provisional en sus grados mínimo y medio (artículo 452).

Por si no estuviera suficientemente claro el fondo del asunto, les recuerdo que en un sistema político liberal las Cortes son la institución encargada de la elaboración de las leyes (poder legislativo) y que hasta bien entrado siglo XX ni hubo en nuestro país mujeres diputadas (1931) ni senadoras (1977). Como veremos en el último capítulo de esta serie, será a partir de 1978 cuando comience a cambiar la legislación discriminatoria, no antes.

Manifestación del movimiento sufragista, no precisamente multitudinaria.
Nueva Tribuna.

¿Era solamente en España donde se daba esa situación? En absoluto. Lo podemos comprobar con el ejemplo del derecho de sufragio de la mujer. Exceptuando algún territorio perteneciente a Estados Unidos y Australia, el único estado que en el siglo XIX reconoció dicho derecho fue Nueva Zelanda, en 1893. Ya a comienzos del XX llegó el turno de las australianas (1902) y finlandesas (1907), las siguientes en la lista.

Pese a los escasos resultados, ello no quita para afirmar que a lo largo del siglo fue creciendo la toma de conciencia de la necesidad de cambiar esa situación, aunque únicamente entre las mujeres de las clases alta o media-alta de los países más avanzados. Porque la cruda realidad es que se trataba de una ínfima minoría, que suscitaba el desprecio y la burla de la mayoría social. El caso es que esas pocas personas que luchaban contra la desigualdad por razón de sexo propiciaron el inicio de un debate cada vez más extendido.

Una de ellas fue la francesa de origen peruano Flora Tristán (1803-1844), autora de un ensayo que tituló La emancipación de la mujer. En él defiende que la lucha por liberación de la mujer ha de ser inseparable de la de los trabajadores contra el capitalismo, constituyendo así una especie de síntesis del feminismo y el socialismo, ambos en estado embrionario por entonces. Otra mujer clave fue la inglesa Emmeline Pankhurst (1858-1928), líder indiscutible del movimiento sufragista, que pretendía conseguir para las mujeres no solo el derecho de sufragio, sino también la plena igualdad jurídica con los hombres en todos los aspectos. Harriet Taylor (1807-1856), conjuntamente con su esposo -el célebre economista y político John Stuart Mill (1806-1873)-, escribieron la obra El sometimiento de la mujer, título suficientemente elocuente de su contenido. Dicho ensayo tuvo una enorme repercusión tanto dentro de su país (Reino Unido) como en Europa y Estados Unidos. Susan B. Anthony (1820-1906) fue otra precursora del feminismo, presidenta de la norteamericana Asociación Nacional Pro-sufragio de la Mujer.

Concepción Arenal y monumento en su honor en La Coruña. El Español

Y siguiendo esa misma línea también hubo algunas españolas, entre las que vamos a destacar a dos: Concepción Arenal (1820-1893), periodista, abogada y escritora, quien dio en el mismísimo centro de la diana del problema al considerar que “es un error grave, y de los más perjudiciales, inculcar a la mujer que su misión única es la de esposa y madre (…). Lo primero que necesita la mujer es afirmar su personalidad, independientemente de su estado, y persuadirse de que, soltera, casada o viuda, tiene derechos que cumplir, derechos que reclamar, dignidad que no depende de nadie, un trabajo que realizar… ” (“La educación  de la mujer”, Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, T. XVI (1892), pp. 305-312).

La otra pionera del futuro movimiento feminista fue Emilia Pardo Bazán (1851-1921). Mujer de amplísima cultura, estuvo vinculada a la Institución Libre de Enseñanza, al igual que Concepción Arenal, y también fue consciente de la importancia de que las mujeres accediesen a la educación como instrumento clave de promoción social, económica y política. Las suyas eran ideas muy avanzadas para su tiempo, por lo que recibió ataques desde todos los sectores conservadores, incluidos algunos colegas escritores e intelectuales como Marcelino Menéndez Pelayo o José María de Pereda.  Pese a sus innegables méritos literarios, periodísticos y docentes, que le dieron gran popularidad, fue rechazada su candidatura a la Real Academia Española. Su sentimiento de amargura se resume en esta afirmación: “Si en mi tarjeta pusiera Emilio, en lugar de Emilia, qué distinta habría sido mi vida”. 

Pero si a partir de estas opiniones o iniciativas obtenemos como conclusión que en la época que estamos tratando (el siglo XIX y los comienzos del XX) todo el mundillo cultural estaba a favor de la plena igualdad de hombres y mujeres, nos equivocamos. Destacados intelectuales manifestaron abiertamente su desprecio hacia la mujer y ridiculizaron su incipiente movimiento de liberación. Honoré Balzac, Alexandre Dumas (padre e hijo) o Friedrich Nietzsche son buenos ejemplos de ello. Aunque ninguno mejor que el influyente filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860), quien en su ensayo titulado El amor, las mujeres y la muerte escribió lo siguiente: “las mujeres son el segundo sexo, inferior al masculino en todo. Uno debe perdonar sus debilidades, pero rendirles homenaje es totalmente ridículo y nos degrada ante sus ojos. (…) La Madre Naturaleza les ha legado (a las mujeres) un valioso patrimonio, que es la astucia, y les sirve para proteger su debilidad, y de ahí les viene su habitual falsía y su imparable tendencia a la mentira”. 

Ahí queda eso. En el próximo capítulo de esta serie abordaremos la etapa final de nuestra historia.


Imagen de portada, Emilia Pardo Bazán. Actualidad literatura.