Un veneno inmortal

Alejandro Vázquez dedica su homenaje a uno de los grandes ausentes en esta nueva edición del COAC, Juan Carlos Aragón. 

Ya está todo listo. Una vez más Cádiz se engalana y encara febrero para recibir su festejo más importante, el carnaval. Quizás gracias a YouTube, a la viralidad que permiten las redes sociales en general o quizás por los bolos que las agrupaciones realizan durante todo el año por España, el COAC gaditano (Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas) cada vez tiene mayor repercusión fuera de la provincia andaluza. 

Los autores llevan meses escribiendo y, aunque siempre caben letras de última hora. los pitos de caña están listos para retumbar en el Gran Teatro Falla

Los autores llevan meses escribiendo y aunque siempre caben letras de última hora, los platillos están afilados, las guitarras afinadas, las letras aprendidas, o no, y los pitos de caña listos para retumbar en el Gran Teatro Falla. Esta noche empieza todo. 

Si algo marca este año el arranque de este popular concurso, son las ausencias de dos autores más que relevantes y reconocidos de los últimos años. ¿Y por qué no? De la historia. 

Se extrañará muchísimo al genio de la chirigota Manolo Santander, autor del himno oficioso del Cádiz CF, entre otros muchas letras inolvidables. El popular “me han dicho que el amarillo está maldito para los artistas” que se corea sin cesar en el estadio Ramón de Carranza. 

La banda del capitán veneno. La voz digital.

La otra gran ausencia es la de Juan Carlos Aragón, fallecido en el mes de mayo y cuyo legado va más allá del carnaval.  Profesor de filosofía y escritor, fue un chirigotero de los años 90 que con la llegada del nuevo siglo pasó a la modalidad de comparsas. Aunque a decir verdad, nunca dejó de ser chirigotero, sus cuplés y su anhelo de volver a esa modalidad así lo han demostrado.

La sátira, la reivindicación, el amor, la rebeldía, la defensa a su Cádiz y su Andalucía, la eterna lucha contra un concurso y un patronato con el que casi nunca congenió. Eso sí, contra el concurso, nunca contra el carnaval. Una vez se fue y no concursó en un acto de insurrección, pero volvió, y de qué manera, como un mendigo al que no le hacía falta la riqueza para ser millonario. 

Se atrevió con todo y contra todos; el mencionado patronato, jurados, autores, ETA, la iglesia, políticos o componentes de su mismo grupo, al cual, salvo en su  última etapa cambiaba año sí, año también. No siempre salió bien parado de todas estas riñas o desencuentros. Le daba igual. 

Se atrevió con todo y contra todos. No siempre salió bien parado de todas estas riñas o desencuentros. Le daba igual.

Consiguió marcar a varias generaciones con sus letras, cantó como un hippie, un golfo, un paria, un ángel caído y un condenado. Como si en cada una de sus obras estuviera hablando de sí mismo. 

Adoptó el seudónimo de Capitán Veneno gracias a su comparsa homónima del año 2007, la última en la que participó como componente sobre las tablas del Falla. Hizo precisamente de ese veneno por el carnaval una religión, la cual plasmó en una de sus más aclamadas obras, la comparsa de los Peregrinos del año 2017, cuyo remate final era una adaptación magistral del credo católico a la religión carnavalesca. 

Su talento no tenía límites, capaz de transportarte con una murga al mismísimo carnaval de Uruguay, a la cálida Habana cubana ataviado con la guayabera o la Venecia más elegante y señorial. 

Le cantó al amor como nadie, al de una madre, un padre, un hermano, una pareja, o una abuela. Sus letras siempre eran un pellizco en el alma de quien escuchase. En su infinita versatilidad era capaz de hacer la letra más bonita para, apenas tres minutos más tarde, fardar en cualquier cuplé de su miembro viril, así lo mandaba la tradición año tras año. 

Tuvo tinta para hablar de la soledad, del tiempo, de la sonrisa, a la que definió como “un te quiero que da calambre en el alma, y por poquito que valga, ya vale más que el dinero”. Un autor, un poeta, que convertía lo divido en humano y viceversa, que se balanceaba entre lo mundano y lo celestial continuamente. Dejó una huella imborrable para lo posteridad del carnaval

Si en algo brilló también con luz propia fue en sus versos a su tierra. Considerando que no había más patria que Cádiz, tampoco dejó indiferente a nadie en su interminable defensa a Andalucía contra los estereotipos, las burlas o las críticas. Así lo reflejó con su chirigota más afamada, los Yesterday de 1999.

Su dureza para criticar a la clase política combinaba tanto con la sutileza de tratar los asuntos cotidianos de un gaditano en sus letras, como con la con la finura a la hora de descoserse en piropos para la tacita de plata, decenas  y decenas de coplas dedicadas a su trimilenaria ciudad que resonarán y quedarán para siempre en la memoria de los gaditanos. 

En definitiva, Juan Carlos Aragón fue un genio, un canalla, uno de esos iconos que, a través del carnaval, señalan a una generación de por vida, como su admirado Joaquín Sabina. No siempre al gusto de todo el mundo, representaba una rebeldía mimetizada con una exquisitez por el buen gusto infinita. Hizo de su obra filosofía, la misma que instruía a sus alumnos, transmitía a los aficionados con su música y letra. 

Juan Carlos Aragón. Diario Sur.

Encabezaba una legión de seguidores que traspasaba mucho más allá de las fronteras de Cádiz. A los pocos días de su fallecimiento en numerosas ciudades y pueblos de todo el país hubo concentraciones para honrar su memoria. Nunca antes se había visto que un autor de carnaval se fuera con tantos honores en Sevilla, Barcelona, Madrid o Valencia. Mucho menos que la misma clase política a la que atizó fuera incluso capaz de despedirlo pero sí se esperaba de sus miles de seguidores.

Rehuyó en vida de cualquier tipo de homenaje, incluso de los premios, pero no podía irse sin recibir alguno por parte de este mundillo

Rehuyó en vida de cualquier tipo de homenaje, incluso de los premios, pero no podía irse sin recibir alguno por parte de este mundillo. En su teatro, con su gente, a los pies del Falla mientras se cantaba su inmortal credo. “Que levante la mano la guitarra” proclamaba en su última comparsa, la Gaditanissima. Ese día estaban por todo lo alto. 

Juan Carlos, toda la vida haciendo reír, llorar, envalentonarse, reflexionar. Luchando, emocionando y enseñando, en el aula o sobre las tablas. Toda la vida, “como si la vida fuera carnaval”. 

Te vamos a echar de menos, capitán.