Así habló Tarquinio: La Ilustración iletrada

  • Rubén Herrera nos habla hoy de la Ilustración, o de lo que queda de ella en nuestros días. 

Cuando la guillotina caía sobre la cabeza de Luis XVI se escucharon gritos ensalzando la República y voces entonando La Marsellesa. Eran tiempos felices, de salones y cafés. Íbamos camino del siglo XIX, marcando Aristóteles, con Molière, Corneille o Racine como nueves reliquia en la jerga futbolística, las reglas del teatro. Bien claro nos lo dejó Moratín hijo en su Comedia Nueva, mismo nombre que se le dio a la comedia de un Menandro que serviría de fuente de tantos Plautos.

El ilustrado era un tipo que vestía bien. A las tertulias iban gentes distintas de Rubén Amón. Se hablaba de teatro, de poesía, de historia; incluso existían las series basura en boca de ese telón barroco que seguía estirándose hasta el infinito, con calidad inversamente proporcional al número, tal y como Disney hace con sus franquicias. Predominaba la corriente liberal: no quedaba muy lejos Adam Smith y su Riqueza de las naciones. 

El Renacimiento se había sofisticado, culturizado. El Diario de Madrid, a la hora del hasta luego Borbón, ya llevaba varios lustros informando. La razón predominaba sobre el sentimiento. El ensayo fue tan prolijo que ensombreció a los Moratines o Valdeses. La obra literaria, además del regusto estético, debía tener una finalidad, un porqué. De ahí los grandes cuentistas, de fabula-ae, Tomás de Iriarte y Felix María de Samaniego.

Lo liberal, lo ilustrado, era una idea más allá de un deseo. El romántico bebió de ese cáliz y lo representó fielmente y allá a su frente Estambul. El realista lo transformó a su manera. Y el existencialista. Y el exiliado. E incluso el de la Transición

Llegamos a la final de la segunda década del siglo XXI. La Ilustración soñaba con el alcance de estas nuestras flechas, que alcanzan todas las dianas del conocimiento. De tantos polvos, tantos lodos. Pero en nuestra etapa, como decía Jenofonte, además de unos tobillos al aire, dejamos que el Pin Parental sea la causa y la solución de tanto iluminado. Dejamos que la mentira, miénteme, se convierta en verdad. Permitimos que la guillotina caiga, lenta, susurrante, cortando todo atisbo de realidad, de esperanza, de verdadera crítica social.