1917: El cine en plano secuencia

  • El estreno de 1917 ha generado una enorme expectación por haber sido rodado mediante planos secuencia. Julio Pérez-Muelas nos acerca a ella y hace un repaso por la historia del cine en busca de los grandes referentes de este recurso narrativo. 

De todas las promesas cinematográficas de esta temporada, 1917 ha sido la película que me ha generado una mayor expectación. Llevo varios meses, desde que vi el trailer en uno de los cines de Columbus y leí algunas reseñas, pensando en cómo Sam Mendes habrá resuelto esa tarea tan compleja de rodar una historia sobre la Primera Guerra Mundial en plano secuencia

Un plano secuencia, y de ahí mi incertidumbre, consiste en hacer una “secuencia”, o parte de ella, en una sola toma, sin cortes, en un mismo “plano”. La acción puede moverse de un escenario a otro, atravesar ventanas, sobrevolar ciudades, acompañar a los actores en prolongados travelling o detenerse en pequeños detalles. Cualquier cosa está permitida siempre y cuando la cámara continúe filmando, es la única regla de esta técnica narrativa.

La historia del cine está llena de planos secuencia extraordinarios. Uno de los mejores lo hizo Orson Welles en el arranque de Sed de mal. La escena transcurre de noche. Alguien deposita una bomba en el maletero de un coche y desaparece. Acto seguido vemos a una pareja subiéndose al automóvil y conduciéndolo por la ciudad. A esas horas las calles son una auténtica fiesta al ritmo de una música que suena en la lejanía y nadie puede imaginar que la muerte viaja en descapotable a 10 kilómetros por hora. Es una obra maestra del suspense que apenas dura unos minutos y todo está rodado en una sola tirada.

Luis García Berlanga en el rodaje de Novio a la vista. Fuente: Berlanga Film Museum.

Aunque para encontrar buenas referencias no necesitamos salir de nuestras fronteras. Luis García Berlanga es, sin lugar a dudas, uno de los directores que de forma más brillante ha hecho uso de este recurso. Decía el cineasta valenciano que comenzó a utilizarlo por una cuestión de comodidad, para evitar aquello de ir cambiando la cámara de un lugar a otro generando así los habituales planos y contraplanos, y lo cierto es que terminó encontrando un lenguaje cinematográfico sin el cual no se puede entender su carrera. Si por algo su cine se recuerda continuamente es por haber sabido captar la atmósfera del Franquismo y de la posterior Transición bajo su mirada sarcástica. Sus películas desprenden espontaneidad y frescura y esto, en gran medida, es debido a su enorme destreza con los planos secuencia.

Ya de regreso a Hollywood, Alfred Hitchcock, siempre tan dado a la experimentación, quiso hacer con La soga una película en un solo plano secuencia. Esto no era posible ya que los rollos no permitían filmaciones superiores a diez minutos. Para salvar estas limitaciones técnicas el director ideó unas transiciones usando la espalda de alguno de los actores o de ciertos objetos, de tal manera que la siguiente toma comenzaba en esa misma posición. Visto con los ojos de hoy resulta un truco más que evidente, pero se trata de la primera tentativa, al menos la más conocida, de esta aventura en la que ha andado metido Sam Mendes.

Alfred Hitchcock supervisa el rodaje de La soga. Fuente: Alfred Hitchcock Wiki

Un siguiente paso (no estoy muy seguro de sí hacia adelante o hacia atrás) ha venido de la mano del cine digital. Con él se ha conseguido todo aquello que las leyes físicas nos han negado durante siglos de estudio. En estos momentos se está librando una especie de competición por dar con el plano secuencia definitivo. Las productoras saben que es una manera de exhibir músculo e invierten sumas millonarias en su búsqueda. Tomemos por ejemplo el que realizó Juan José Campanella en El secreto de sus ojos. La escena comienza sobre el cielo de Buenos Aires y poco a poco se dirige hacia el estadio de fútbol de Racing de Avellaneda. Seguidamente la cámara se introduce en una de las gradas, se entremezcla con la hinchada y, más tarde, acompaña una persecución a toda carrera por los interiores del edificio hasta terminar en el terreno de juego con la detección del sospechoso. 5 minutos de metraje vibrantes y en forma continuada, trucos imperceptibles a parte. Creo que esta película es una maravilla y no precisamente por este detalle técnico.

El último capítulo, esta vez sí cerca de lo definitivo, lo estamos viviendo en estos momentos con 1917. Sam Mendes ha hecho una apuesta arriesgada, cinematográficamente difícil de concebir, y creo que le ha salido muy bien. La historia del cine ha explorado ampliamente la temática bélica; hemos visto a Kirk Douglas avanzando por las trincheras de Senderos de gloria; Steven Spielberg nos contó de forma magistral los horrores de la guerra en la primera parte de Salvar al soldado Ryan; y más recientemente hemos asistido a una muerte segura en esa playa irrespirable que era Dunkerque. Pero 1917 es una experiencia diferente. Nunca antes se habían mostrado unos movimientos de cámara como en esta ocasión. Aquí los espectadores somos compañeros de viaje de esa desafortunada pareja de soldados, con ellos avanzamos por un barrizal de alambres y cadáveres, huimos de una especie de Pompeya del siglo XIX en llamas y cenizas, nadamos río abajo y nos introducimos en el interior de un batallón para asistir a un bombardeo alemán. Es lo más cerca que nunca hemos estado de ese milagro, tantas veces perseguido, que es estar dentro de una película. 

George MacKay y Dean-Charles Chapman atravesando una alambrada. Fuente: Filmaffinity.

Todo esto ha sido posible gracias a una sucesión de planos secuencia perfectamente hilvanados, la vieja idea de Alfred Hitchcock que aquí resulta inédita. Para ello Sam Mendes ha contado con un enorme despliegue tecnológico (sobre este asunto ha girado gran parte de la actividad publicitaria). En el reportaje que circula por internet se puede contemplar a los cameraman a toda carrera por el campo de batalla, camiones con unas grúas enormes y todo tipo de especialistas inundando el set de rodaje. El resultado es una filmación de una apariencia ininterrumpida donde la manipulación de la imagen y los cortes, perceptibles en ocasiones, nunca parecen forzados.

Pero la grandeza de 1917 no está únicamente en sus planos secuencia. No sería justo hablar solo de esto. Las interpretaciones de George MacKay y Dean-Charles Chapman son extraordinarias, se trata de dos soldados reales en el corazón de las tinieblas. Sus miedos, sus temblores y sus sueños rotos van marcando el ritmo de la película. Y no me puedo olvidar de la ambientación y de todos esos miles de extras que le van dando forma a los recovecos de la guerra. Una guerra en colores castaños según la impresionante fotografía de Roger Deakins.

Sam Mendes dirigiendo a George MacKay y Dean-Charles Chapman. Fuente: New York Times.

Tal vez sea demasiado pronto para saber lo que 1917 puede suponer para la historia del cine. Pese a ser un producto recién horneado yo tengo la impresión de que Sam Mendes ha querido mirar hacia el futuro y que ha inventado una nueva manera de hacer películas. Cada vez que trato de visualizar alguna de sus escenas me vienen a la cabeza los grandes creadores de esto: Griffith, Chaplin, Hawks, Ford, Hitchcock. Me acuerdo de La diligencia, de El padrino, de 2001, de Annie Hall y de otras obras clave que tanto me apasionan y que en sus distintas épocas marcaron el rumbo de las generaciones posteriores. El tiempo nos dirá en qué queda, mientras tanto, disfrutemos de ella que aún resiste en las salas comerciales de medio mundo.


Imagen de portada: Cartel publicitario de 1917. Fuente: Filmaffinity.