Así habló Tarquinio: La recomendación literaria

  • Rubén Herrera nos habla de libros que nunca leerá, de esos regalos literarios que le hacen a uno y que van pesando en la mesilla para que los abras.

¿En qué momento comenzaron las recomendaciones literarias? No podemos sino remontarnos al más arcaico periodo de nuestra existencia, al momento en que un hijo le dice a su hermana que escuche el cuento que le va a contar su madre, que te va a gustar, ya verás, que hay un lobo y una niña que visita a la abuela y unos cerditos que cantan y pájaros y árboles que hablan. Recomendar una obra nace mellizo de la literatura, segundos después de aquélla: no son iguales, pero qué parecido guardan entre ellos.

Mi afán bibliófilo me lleva a almacenar en la biblioteca historias que nunca llegaré a conocer como merecen. Sin embargo, poseer un libro más en la biblioteca crea un lectorando, un posible futuro lector, alguien que venga a tomar café a casa y que se vaya acompañado por unas páginas con sabor añejo. Como las abuelas cuando un nieto va a casa, no hay mayor satisfacción que alimentar la gula ávida de letras de un amigo.

A la hora de recomendar un libro me invade la misma ilusión, egoísta ella, de compartir unas habladurías que me han resultado útiles en algún momento. Pero también me entra la ansiedad de hablar de libros que no he leído, que deseo leer y que al ritmo que llevo nunca no leeré, como El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati; o el Ulises de Joyce; o, si este verano no lo remienda, En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

Hay quien piensa que hay que medir las recomendaciones e incluso los regalos literarios, pues puede darse el caso de generar una lectura de compromiso, de crear la obligación de empezar, ¡e incluso a terminar!, lo recomendado. Que si me regalas un libro, me lo tengo que leer. Y si me lo recomiendas, pues, oye, también.

No puedo estar menos de acuerdo con tal afirmación. Es tanto lo que he regalado y me han regalado, lo que he recomendado y lo que me han recomendado, que, si pensase en beberme tantas copas, la magia, la incertidumbre de la próxima lectura desaparecería. ¿Y qué hay más hermoso que rebuscar entre papeles la próxima historia?