Despertares: Camus en días de pandemia

  • La Peste de Camus se ha convertido en estos días de confinamiento en una libro imprescindible. Alejandro Barco Mourad nos da las claves de lectura para entender el entorno de la pandemia.

Las primeras veces nunca se olvidan y el acercamiento a un escritor como Albert Camus es difícil que pueda pasar desapercibido. Hará seis años de cuando una de mis mejores amigas me prestó El extranjero poco después de hacer selectividad. Por fin tenía tiempo libre para leer lo que yo quisiera más allá de las lecturas obligatorias de aquel curso. Desde la histórica primera frase “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé”, en uno de los grandes comienzos de la literatura contemporánea, el libro deja clara esa postura de indiferencia del protagonista de la historia que inspiró la canción Killiing an arab de The Cure, tema que sin saber que está inspirado en una parte de la trama de la novela puede asustar con ese título. Atrapado en una vorágine de existencialismo desde esa primera frase hasta saber el desenlace (recuerdo perfectamente las tres últimas páginas subrayadas a lápiz por la persona que me lo dejó, en algo que yo no suelo hacer pero que me encanta encontrarme cuando me prestan un libro) casi llego tarde a una fiesta sorpresa porque no podía dejar la novela sin terminar. Al final salí y llegué con los ánimos por los suelos por lo que acababa de leer, dejando de lado al autor hasta el año siguiente, sin ningún motivo aparente.

Albert Camus (1913-1960)

El verano siguiente fue, de largo, cuando más he leído, cuando me compraba libros y los devoraba casi al instante en lugar de dejarlos en la estantería hasta que un día me apeteciera empezar a ojearlos. Fue entonces cuando me leí La peste y me eché en brazos de Camus otra vez. Siendo una obra de 1947, ahora está más de actualidad que nunca por la situación que vive el mundo de lucha y resistencia contra una pandemia. En su tiempo, se podría pensar que ya era un gran ejemplo de su realidad por ser una más que probable metáfora sobre el nazismo y la resistencia francesa, apenas dos años después de acabarse el conflicto, pero se ha vuelto a erigir como gran obra en estos días. Su renacer se ha unido a ese club de obras de rigurosa vigencia formado por la siempre incesante sombra orwelliana de 1984 que predijo un futuro de control, vigilancia y manipulación masivos, y la también visionaria Un mundo feliz que vio venir el uso de técnicas, la medicina y las drogas para el moldeamiento del individuo desde el nacimiento, habiendo predicho ambas una realidad que ha llegado para quedarse casi de forma innegable.

El caso extremo que tanto se relaciona ahora con La peste, sin embargo, será un hecho puntual pero en el que de momento el horizonte se ve borroso. Al contrario de las dos distopías, no se puede catalogar a esta novela de haberse anticipado a una era, pues está basada en una epidemia ocurrida en Orán en 1849. Sin embargo, es curioso que haya predicho algunos de los comportamientos de la sociedad ante una situación de esta magnitud, y no solo en un país (en este caso Argelia, vinculada a Francia en el momento de la publicación del libro) como ocurre en la novela, si no en la totalidad del mundo. 

Al igual que una guerra, muestra el lado oscuro del egoísmo de cada uno y la falta de empatía de la sociedad.

Como si fuera el ángel exterminador de la célebre película de Buñuel, podríamos ver al coronavirus como una prueba para sacar las carencias (y también algunas virtudes) de nuestra sociedad. En la novela de Camus pasaría algo similar. La situación del libro en la que empezaba a haber ratas muertas por la calle, fruto de los primeros brotes de la enfermedad, puede recordar vagamente a esos primitivos vídeos de dudosa credibilidad en los que la gente moría por la calle en China, cuando no se conocía aun bien la magnitud de la enfermedad en Occidente. Se puede entender como un primer aviso de lo que estaba por venir: un aislamiento de la población y cierre de fronteras para evitar contagios en el que se ve limitada la capacidad de comunicación entre los propios individuos y familias, que se sienten vigilados y no saben con certeza el alcance de lo que está pasando. Es entonces cuando se siembra el caos y aparece el instinto animal del ser humano por la supervivencia. Esto, al igual que una guerra, muestra el lado oscuro del egoísmo de cada uno y la falta de empatía de la sociedad. Orán en el libro era una ciudad en la que solo pensaban enriquecerse antes que nada, con una rutina monótona y sin apenas tiempo para otra cosa más allá del trabajo (no es nada descabellado trazar paralelismos con una gran mayoría de ciudades de este planeta). Y de repente no hay nada de eso. Si en la novela se sucedían asaltos y robos por doquier, el equivalente en la realidad actual es acabar con las provisiones en los supermercados. Una necesidad básica (y prácticamente la única a la que se tiene acceso por el cierre de los negocios) que está limitada por las ansias de una parte de la población, que ve más fácil señalar a posibles culpables con el dedo que colaborar o mirar por sus iguales, tanto por los vivos como por los que han caído y no se les ha podido dar un entierro digno, tal y como pasaba en el libro de Camus.

Sin embargo, no es el desvanecimiento de los valores de la sociedad el mensaje que busca transmitir el autor. Es todo lo contrario. Sin ser Camus para nada un autor optimista (ni yo una persona que lo sea, sinceramente), defiende que “en el hombre hay más cosas de admiración que de desprecio”. Ese tipo de valores son los que acababan demostrando los personajes que estaban sometidos a la peste y de los que la sociedad debe tomar ejemplo. Un florecimiento de la solidaridad que en la novela está en la línea de la filosofía del absurdo, la cual predica que la vida carece de sentido y hay que aceptarla (las otras vías serían el suicidio o la religión).

Portada de La Peste

La clave y máxima de todo esto debe ser entendida como la búsqueda del triunfo de la solidaridad humana frente a los instintos animales y el egoísmo en una situación terminal. La lucha contra la peste (tanto en la realidad como en la ficción, tanto en términos literales como metafóricos) debe servir para despertar conciencias y sentimientos del interior de las personas, para darse cuenta de las cosas que fallan y para que en la lucha contra un enemigo común, como ocurría en la novela, la gente se tienda la mano a pesar de sus diferencias. Luego vendrán reencuentros y la incertidumbre de cómo empezar de nuevo. Pero cuidado, Camus no es optimista como dije antes, y deja abierta la posibilidad de que la peste pueda volver manifestada de otras formas. Los terremotos y avisos para la sociedad se suceden cada cierto tiempo, siendo ahí cuando hay que acordarse de los errores y las lecciones del pasado, no quedando el despertar en un simple desvelo, pues una nueva peste puede aparecer en el momento menos esperado.