Literatura para un confinamiento

  • En tiempos de apagones culturales, Antonio Rodríguez se pregunta si la función de la literatura cae del lado del compromiso o la evasión. 

¿Para qué sirve la literatura? Es ese “arma cargada de futuro” que defendía Celaya, esa función social que sirve para cambiar el mundo o, por el contrario, es un artefacto propio de la intimidad, aquello que se crea y se devora “para que el agua envenenada pueda beberse” como gritaba Chantal Maillard

La eterna discusión entre compromiso o evasión de lo literario se me presenta de forma intermitente en estos días de confinamiento.

La eterna discusión entre compromiso o evasión como maneras de emisión, recepción y consumo de lo literario se me presenta de forma intermitente en estos días de confinamiento. Época de buscar refugio en los libros, de encontrar una vía de escape ante la realidad que nos toca vivir, de enfrentar la soledad, a la que muchos no están acostumbrados, empuñando armas de papel; en definitiva: días de evasión y victoria

El debate avanza a ritmo metastático por mi organismo en una forma dualista inherente al ser humano, enfrascado desde la antigüedad en este tipo de discusiones ontológicas: el bien y el mal, el ying y el yang, razón y fe, materia y espíritu, izquierda o derecha, Stones o Beatles… ¿literatura comprometida o literatura evasiva?

La etiqueta de “literatura de evasión” ha sido usada, generalmente, para desprestigiar a aquellos textos cuya pretensión es entretener y generar un placer que, en teoría, no deja un poso de conocimiento e ideología (conceptos siempre tan cercanos) en quien los lee; es decir: novelas románticas, fantásticas, de ciencia ficción… que se encuentran en una zona marginal con respecto al canon. En contraposición a la denostada literatura evasiva se alza la llamada “Literatura Comprometida”, cuya aspiración es mostrar la realidad o deformarla en cualquiera de sus aspectos para con ello criticar o denunciar las injusticias sociales (como breve apunte: incluyo en este patrón literario a los defensores del arte por el arte; véase La deshumanización del arte de Ortega y Gasset, puesto que su compromiso se sitúa junto a los de su calaña, en el ámbito de lo artístico, encerrando este posicionamiento un gesto político en sí).

Corremos el riesgo de identificar compromiso con utilidad o propósito didáctico y evasión con inutilidad o trivialidad. Este planteamiento nos debería llevar, inexorablemente, a cuestionarnos qué es el compromiso, dónde se establecen sus bases o principios a seguir y, por encima de todo: dónde se sitúa el compromiso de los autores.

Para Jean-Paul Sartre la pluma del escritor tiene que estar comprometida con su tiempo.

Jean-Paul Sartre, en su obra Qu’est-ce que la littérature?, expone que la pluma del escritor tiene que estar comprometida con su tiempo, sin embargo; salvo en excepciones históricas que nos llegan a cuentagotas, este compromiso se encuentra ubicado del lado de la clase dominante. El postulado de Sartre es de una claridad meridiana: los autores suelen escribir al amparo del poder e ilustra esta postura con ejemplos históricos: el escritor escribe para la Iglesia durante la Edad Media, posteriormente abrigo de la monarquía y, a partir del siglo XIX, de la burguesía. Asimismo, profetiza la libertad total de la literatura cuando esta sea capaz de romper las cadenas del mecenazgo, en una sociedad sin clases sociales.

Sin embargo, estamos lejos de este modelo de sociedad utópica. De hecho, durante el siglo XX y las primeras décadas del XXI, el compromiso literario está repartido, mayoritariamente, entre los escritores comprometidos con el neoliberalismo salvaje, aquellos que pagan tributo a los grandes conglomerados editoriales; los creadores que enarbolan la bandera de un exacerbado individualismo narcisista y, por último, los autores que configuran una imagen de revolucionarios y radicales, blandiendo un discurso de amenaza a lo establecido, modernizadores del arte y rupturistas desde el regazo de Anagrama, Alfaguara o Seix Barral. 

Quizá la literatura no sirva para nada. Y quizá aquí es donde radica su valor: en su inutilidad

Quizá, y es una tesitura de la que no logro salir ileso, la literatura evasiva no sea el paradigma de un arte que rompe con la normatividad, pero, al menos, no sostiene el cariz pretencioso de aquella que está situada en los altares ni la máscara de hipocresía que izan los libertadores del pueblo. Quizá ya no nos sirva la concepción horaciana según la cual la literatura instruye y genera placer: PLACERE ET DOCERE. Quizá la literatura no sirva para nada. Y quizá aquí es donde radica su valor: en su inutilidad, en la imposibilidad real de tasar una obra (aunque el engranaje formado por editoriales y academia hayan perpetuado el suyo) y en esa capacidad de evasión de un sistema que, como venimos constatando, nos está asfixiando.

Según Sartre, la única literatura no comprometida es aquella que se guarda en el cajón, ya que en el momento en el que el libro es lanzado al mundo adquiere compromiso.

Evasión de un mundo hastiado por la velocidad de consumo, de una sociedad que devora los días a un ritmo frenético y evasión que, como expone César Aira en una entrevista para la Fundación Telefónica de Madrid, “no sé por qué tiene tan mala fama”, puesto que el gesto de la lectura como evasión es “algo que nos permite huir” y según el autor argentino “escapar siempre es bueno, ¿no?”. Sin embargo, el nauseativo Sartre replicaría que esto es imposible, puesto que no hay manera de escabullirse. El escritor está arrojado al mundo y lo que escribe, su conciencia, es eyectada hacia la sociedad. Según el filósofo y literato francés la única literatura no comprometida es aquella que se guarda en el cajón, ya que en el momento en el que el libro es lanzado al mundo adquiere compromiso. Por lo tanto, ¿qué es la literatura?, ¿evasión o compromiso?, ¿ambas o ninguna?, quizá tenga más que ver con lo que expone Bolaño: “con una extraña lluvia de sangre, sudor, semen y lágrimas”.