Así hablo Tarquinio: Corresponsal de guerra

  • Rubén Herrera acaba de volver de los desiertos para vivir la epidemia desde el epicentro. Aquí sus primeras reflexiones. El Verdún de nuestra generación.

Los franceses veían la guerra con espíritu romántico: ir a Verdún o al Marne era tratar de encontrar la felicidad donde tantos otros habían perdido la vida. No amor por lo castrense, sino amor por el ideal que el campamento militar podía representar. 

Sería yo un francés deseoso de ir a la guerra si el diario fuera mi campo de batalla. El periodismo también posee ese croma romántico, ese color tenue, sepia, de una profesión en la que entras vestido de azul y rojo, y sales por la puerta de atrás apestando a metralla.

Son cada vez menos los afortunados diarios o revistas que se permiten el lujo de permitirse un corresponsal: deportivos en cada jornada balompédica o de guerra en Bruselas, ondeando el estandarte en cada reunión del Consejo. Y dirán que para qué un tipo que interprete las palabras de la Vonderleyen si igual podemos verla en la tele. Y para qué preguntar al Churchilliano Pedro si ya él dice todo lo que tiene que decir.

Sigo el día tras día de esta maldita crisis, “gripe postmoderna”, como cantaba Sabina allá por 2009. He leído, he oído y me han contado los aplausos a las ocho pe eme. Me estremecían. Pero nada se iguala a jugar a ser un corresponsal recién venido del Medio Oriente -donde los aladinos- y, mientras llega el siguiente tren, escuchar el aplauso en persona.  Y las sirenas, que esta vez ignoraban a Ulises.

Por eso es importante el periodista que se moja el pantalón en el río: porque no solo escucha correr el agua, sino que también siente cómo fluye la Historia. Y por eso nunca hay que silenciarle, a pesar del Gobierno.