Historias de libros: el libro que sigue en su envoltorio

  • Simón Ángel Ros busca en su biblioteca libros para recomendar en un chat de amigos arquitectos, en los días más duros del confinamiento. Encuentra un ejemplar que no esperaba y que ya casi había olvidado. Nos cuenta su historia.


En el año 1978, ya egresado de la Escuela de Arquitectura, estuve haciendo la mili en Ceuta. Al estar titulado tuve la suerte de que me destinaran a la Comandancia de Obras, donde pude llevar una vida tranquila, alejada de las miserias cuarteleras que tan bien relata Antonio Muñoz Molina en su Ardor guerrero, aunque ciertamente también estaba muy confinado, casi tanto como ahora con el Covid-19.

Trabajaba por las mañanas en la Comandancia, en la llamada sala de delineación, y tenía algunas tardes libres (otras tardes colaboraba con los ingenieros militares en sus trabajos particulares); vivía en una especie de apartamento con otros cuatro soldados, arquitectos e ingenieros; ese pabellón estaba dentro del recinto de la Comandancia y teníamos muchas limitaciones (aseo, sin ducha, y cocina, compartiendo una dependencia única), pero allí no nos molestaba nadie; nos dejaban vestir de paisano y llevar el pelo un poco más largo que los soldados de los cuarteles, pero eso tenía una contrapartida: la policía militar (PM) nos perseguía con saña, por lo que no podíamos circular por los circuitos urbanos más transitados, ni visitar los locales frecuentados por la tropa uniformada, en la que la PM hacía continuas razzias.

Uno de los ingenieros tenía un coche y nos escapábamos a veces a Benzú (té con hierbabuena), o al barrio de Hadú (compra de marisco barato), zonas no ocupadas por la soldadesca.

En una de mis primeras incursiones urbanas, recién llegado, y vestido aún de militar, descubrí en un pasaje comercial, en el número 22 de la calle Falange Española, entre las múltiples tiendas con productos para los paraguayos (decíase en Ceuta de los peninsulares que venían en la Paloma -transbordador- a pasar el día comprando aparatos electrónicos, cuberterías y muchos paraguas -de ahí el apodo-, y que regresaban por la tarde a Algeciras), una pequeña librería, bastante bien surtida para mis necesidades. Se llamaba “El Estudiante”. Aquél día compré un libro, que ya había leído, prestado de la biblioteca del colegio mayor donde residí durante la carrera, pero que no tenía en propiedad, para releerlo con calma. Ante la vida contemplativa que intuí me iba a ocupar buena parte del año, decidí dedicar todo el tiempo que pudiera a la lectura. En ello estaba, aún sin desliar el envoltorio del libro comprado, entretenido con otros libros prestados por amigos también soldados (aquellos días me cautivó la lectura de Las afinidades electivas, de Goethe), cuando un día me decidí a hacer una nueva incursión hasta la librería “El Estudiante”, a la caza de algún otro libro. Me llevé la gran sorpresa de que en menos de un mes la libreria había desaparecido y el local estaba ahora ocupado por otra tienda de lo que llamábamos loritos (radiocassettes). Decidí convertir el libro envuelto en un fetiche, un homenaje a aquella librería desaparecida. El libro me ha acompañado, en su envoltorio, en todos los traslados vitales que he tenido. Hoy, cuarenta y dos años después, aquí sigue, con su envoltorio intacto.

P.S.:
Me piden algunos amigos que desvele el título del libro. El título está confinado. Como me ha comentado mi amigo Francisco Javier al conocer la historia, “es como si la librería se mantuviera dentro del paquete cerrado”; es condición indispensable. La librería “El Estudiante” desaparecería definitivamente si se abre el envoltorio y también si se desvelara el título, ya que se perdería la fragancia de “un viejo perfume en un frasco sellado”. Mi amigo, que ha trabajado en restauraciones en la Alhambra y también en otras excavaciones y restauraciones de ciudades y fortalezas enterradas (Medina Siyasa, en Cieza, también en Egipto, etc.), completa la frase de una forma que me ha resultado muy poética: “Algo así siento yo en las ciudades que han sido, se conservan hasta excavarlas…”